
 | Número tres - Diciembre 2007 |
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Miscelánea
George Clemenceau y la Penitenciaría Nacional
Seguramente el título precedente desorientará a mas de un lector que ubique perfectamente tanto al renombrado político francés como al ya desaparecido establecimiento penitenciario de la Avda. Las Heras de la Ciudad de Buenos Aires, pero que no encuentre la relación entre uno y otro. Pero todo tiene su explicación.
George Clemenceau (1841-1920) fue una de las grandes figuras de la escena mundial de fines del siglo XIX y las dos primeras décadas del siglo XX. Médico, profesión que era tradición en su familia desde el 1600, nunca la ejerció porque tempranamente fue atraído por las dos grandes pasiones de su vida: el periodismo y la política. Brillante parlamentario –su fuerza discursiva le valió el sobrenombre de “El Tigre”- , Clemenceau ocupó en dos ocasiones la Presidencia del Gobierno de Francia, conduciendo a su país a la victoria en la Primera Guerra Mundial (1914-1918).
Estuvo en la República Argentina en dos ocasiones, la última durante los festejos de la Revolución de Mayo (1910). De sus recorridas por los más diversos ámbitos geográficos e institucionales publicó al regresar a Francia una colección de artículos sobre nuestro país. También fue autor de “A Study of Conditions Social, Political and Commercial in Argentina, Uruguay and Brazil”, Londres, 1911.
De esos trabajos rescatamos uno, interesantísimo –e incluso de actualidad-, el titulado “Las Prisiones”, aclarando que cuando menciona “la prisión central de Buenos Aires” se refiere a la Penitenciaría Nacional
LAS PRISIONES
Del asilo de dementes a la prisión puede ser que no haya tanta distancia como lo que creen la mayor parte de las personas. El asilo retira de la corriente del orden público, aproximativo y, tal como nosotros hemos podido hacerlo, a todos los desequilibrados a quienes el trastorno de sus funciones psíquicas condena a llevar perturbaciones intolerables. ¿No parece que esta definición elemental se aplica igualmente a una y otra categoría de réprobos? Suplico al lector que no se deje asustar por la terrible gravedad del problema. Si ningún filósofo ha podido encontrar un fundamento sólido del derecho que se arroga un hombre de castigar a su semejante por haber quebrantado su mandamiento, todo el mundo comprende fácilmente que, representando las sociedades humanas a pesar de sus imperfecciones demasiado sensibles, un progreso manifiesto sobre el estado de salvajismo donde sólo la fuerza brutal puede triunfar, es inadmisible que a los que comienzan a excederse de las reglas generales sobre las cuales se funda la sociedad se les permita realizar la destrucción del poco bien social tan laboriosamente conquistado.
Que la sociedad, en la que estos hombres se arrogan el poder de vivir como enemigos, los separe de su camino, esto es de derecho natural(1). Donde se presenta la verdadera cuestión es cuando se trata de saber qué clase de tratamiento puede y debe aplicarse a esos insumisos. En la justicia primitiva del Talión no había nada tan sencillo. "Ojo por ojo, diente por diente". Tu has matado, yo te mato. Tu has hecho mal, yo te hago mal a mi vez, y por el terror del mal que te reservo, pretendo desviarte de las malas acciones, cuando te veas tentado a cometerlas. Aquella "justicia" tenía la doble ventaja de ser expeditiva y de poder ser comprendida por las inteligencias rudimentarias durante tanto tiempo cuanto la tentación del mal no los había hecho sucumbir. Cuando los malos instintos, cuya dotación nadie ha solicitado de la naturaleza, han puesto a los delincuentes en estado de decadencia, la morbosidad del sentido moral, más o menos desarreglado, que les ha precipitado en la acción de violencia, les hace resentir únicamente la violencia de que son objeto y los impulsa a los siniestros desquites sin dejarles la paz del juicio, de donde podría surgir, por un justo retorno sobre ellos mismos, el deseo y la esperanza de una nueva vida bajo las leyes del orden establecido.
Y puesto que ha sido necesario volver hasta 1793 -época en que el universal impulso de fraternidad humana se manifestó en primer lugar por la permanencia del cadalso- para encontrar en Pinel al hombre sencillo de buen sentido que rompió las cadenas de los locos, es absurdo pensar que, sin liberar a los criminales, -lo mismo que no se deja a los locos andar por el mundo, aun en el Open door- se podrá, sin hacerse acusar de desatino, ocuparse de la institución de un régimen de enmienda y de reforma, en los establecimientos donde se reúnen los detenidos. Claro es que entre ellos los habrá intratables. ¿Se puede argüir qué existen incurables en todos los asilos y hospitales para no tentar hasta el fin lo imposible en la lucha contra un mal superior a las fuerzas humanas?
El lector debe pensar que yo no me hubiera atrevido a hacer estas consideraciones de filosofía social si no tuviera mi objeto. La tesis que acabo de exponer brevemente, a riesgo de enojar al que no busca en este mundo más que la distracción, es hoy la de todos los criminalistas dignos de este nombre. Pero como los gobiernos mejor intencionados, tanto más impregnados de los prejuicios de la multitud cuanto más penetrados están de democracia, no llegan sino lentamente a esta nueva concepción, y como la transformación de nuestros establecimientos de detención exigirá mucho dinero, no estamos todavía sino en la inscripción de las palabras de reforma y de enmienda, en los programas donde falta hasta hoy un principio de ejecución.
¿Quieren que presente un ejemplo? Puesto que un detenido a tiempo debe entrar necesariamente en la sociedad algún día, ¿no es de interés social que este hombre reaparezca en ella con las mejores probabilidades de una vida ordenada para no reincidir en la tentativa de desorden que le hizo excluir momentáneamente? Y la primera condición de este nuevo punto de partida ¿no es la posesión de un oficio donde la habilidad se lleve bastante lejos para favorecer todas las probabilidades de éxito? Si, pues, mientras la enseñanza técnica se imparte en la prisión, se ensancha al mismo tiempo la base fundamental de cultura intelectual y moral, y si el hombre que la sociedad no ha arrojado de ella para siempre, -en lugar de verse abandonado en la corriente del mundo a su salida de prisión con el único recurso de la tentación de nuevas faltas- fuera puesto en primer lugar por la administración penitenciaria en situación de ganar honradamente su vida, ¿no habría dado la sociedad toda esperanza a una suma superior de probabilidades para que su sacrificio de voluntades y de dinero no hubiera sido hecho vanamente? Yo creo que se convendrá en ello sin demasiado trabajo. Pero la gran dificultad es que es infinitamente más económico sacar del trabajo de los encarcelados el mayor provecho inmediato que trastocar el problema gastando el dinero para poner en manos del hombre que ha faltado (a riesgo de un fracaso, no dejo de conocerlo) la herramienta de su restablecimiento.
En los Estados Unidos se han realizado grandes progresos en esta vía, y he necesitado tan largo preámbulo para presentar a mis lectores la prisión central de Buenos Aires (hombres), en lo que me parece que la República Argentina se ha excedido en todo lo que se ha hecho hasta hoy en este orden de realizaciones. Hasta el punto que temo ofender el espíritu de rutina en que, a pesar de los revolucionarios cambios de palabras, se hunden ciertas sociedades, si expusiera crudamente y sin comentarios todo lo que me ha sido dado ver.
Nada digo de los arreglos materiales del establecimiento, que no me han parecido diferentes a los nuestros. Metidos en sus celdas por la noche, los presos se reparten en talleres de trabajo dispuestos de forma de perfeccionarlos en su oficio, a hacerles aprender otro nuevo. La organización del jornal es la misma que en Francia, con la diferencia de que, siendo la alimentación suficiente (2), el hombre puede conservar para su salida la mayor parte. Conversación en voz baja, si ella no interrumpe el trabajo. Cocinas repartidas en las celdas por los mismos detenidos, que toman su comida a puerta abierta, y la hacen seguir de un cigarrillo, si quieren, durante el tiempo de descanso. Libros en todas las celdas, con lo principal del material escolar. Catorce clases y catorce profesores. Todos los detenidos siguen los cursos de adultos, que comprenden necesariamente con la historia de su tecnicismo especial, la historia, la higiene, la moral, y todas las materias sobre las cuales debe soportar cada uno un examen, al fin de cada año. Director y profesores rinden testimonio a la aplicación general de los alumnos. Se ha dado un notable desarrollo al curso de medición de tierras en razón de la constante demanda de agrimensores en toda la extensión de la pampa. Hay una vasta sala de conferencias, que puede servir, en caso necesario, de sala de teatro, adornada con cuadros, dibujos y modelados debidos al trabajo de los prisioneros. Las conferencias las dan los profesores y los mismos presos, cuando sus estudios anteriores o sus progresos recientes los han calificado para ello.
No hace mucho tiempo, en presencia de Guglielmo Ferrero, que ha publicado, según me dicen, un relato de su visita a la prisión central de Buenos Aires, un preso hizo una conferencia sobre la América prehistórica.
-¿Y la reincidencia? -pregunté al salir-o
-La hay, me dijo el director, pero muy poco. Nuestro sistema de reeducación es ayudado poderosamente por la oferta constante de trabajo en todas las partes de la pampa. Añada usted que el mayor número de nuestros pensionistas nos llegan por crímenes pasionales. El italiano y el español están igualmente prontos a utilizar la navaja. Entre toda esta gente hay muchos individuos que han matado a su víctima en un momento de exaltación furiosa y que no serán más mal vistos, a su salida, por este acceso de "vivacidad". Le digo las cosas tal como son, dejando a usted el cuidado de sacar las consecuencias. Nuestro punto de vista es éste: cuántas veces un hombre comete un delito o un crimen, desde la misma hora de la falta, surge un deber de reeducación para la sociedad. En ninguna sociedad, sin duda, se hará jamás todo lo que se puede hacer por cada individuo. Pero cuando uno de los miembros del cuerpo social llega a desfallecer, es preciso rehacerlo. He aquí por qué nos aplicamos, y no le oculto las grandes satisfacciones que sentimos por el notable éxito de nuestros esfuerzos. He visitado la mayor parte de las prisiones de Europa.
¿Ha encontrado usted aquí esas miradas inquietantes de bestias cercadas que son el rasgo común de todos vuestros detenidos? No. Nuestros hombres no tienen más que una idea: volver a empezar la vida y armarse esta vez para el éxito. He aquí el secreto de esa tranquila confianza de niños aplicados que ha podido usted observar en tantas caras, a falta quizás del arrepentimiento, que no puede ser patrimonio de todo el mundo.
-¿Y no teme usted que un tan confortable establecimiento resulte un cebo para ellos mismos?
-No lo parece hasta hoy. Esos temores
-que yo no puedo creer suyos- no tienen sino el prejuicio de desconocer el superior atractivo, para toda criatura humana, de la libertad.
Y partí, llevando conmigo una interesante lección de la Argentina, a la que tantos europeos están generosamente dispuestos a darle lecciones.
1 "Si la moral debiera un día acomodarse al determinismo, ¿podría adaptarse a él sin morir? Una revolución metafísica tan profunda tendría sin duda sobre las costumbres mucho menos influencia de lo que se cree. Inútil es decir que la represión penal no está en discusión. Lo que se llamaba crimen o castigo se llamaría enfermedad o profilaxia, pero la sociedad conservaría intacto su derecho. que no es el de castigar sino simplemente el de defenderse." (Henri Poincaré, loc.cit..)
2 La alimentación consiste principalmente en puchero (vaca hervida). que es la base de la alimentación popular.
“George Clemenceau y la Penitenciaría Nacional”. Diciembre
2007. http://revista-cpc.kennedy.edu.ar/Edicion003/Miscelanea.aspx
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